En el taxi, en el autobús, haciendo la comida, o la cena, en el metro, haciendo el reparto, en el hospital, a punto de coger un avión, despertando, yendo al cine, fregando los platos, en la oficina, en el mercado, paseando por la orilla del mar con el perro, de camino al médico, esperando, en la peluquería, a punto de la reunión, o del entrenamiento, limpiando el polvo, o simplemente escuchando.
Son infinitas las posturas, las situaciones y las posibilidades en que escuchamos la radio. No implica esfuerzo, no implica dedicación completa, pero siempre está ahí. Es una relación fácil y además es fiel.
Lo complicado está del otro lado. Al otro lado de las ondas. Lo intrépido y kamikaze que supone manejar un programa radiofónico parece esconderse muy bien en camerinos. Allí el tiempo no es el mismo, corre y vuela. Las palabras se suceden sin descanso y una tras otra van muriendo para existir en los demás. No hay lugar para volver, para cambiar, para retocar o enmendar errores.
La voz se modula como por arte de magia, maneja los ritmos, y cuida cada nota y cada pausa. Todo ha de estar bien, en su sitio. La música con las palabras, las palabras con la música. El caos y el desorden, la incoherencia, la falta de estilo, el sueño, el dolor o la afonía son chivatos seguros que contarán enseguida que algo falla. Que todo suene tan bien, me parece imposible.
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